DOCE…

DOCE… Los días en la fila de la vida, fichas de dominó parecen, errante cabalgata de animas entre sombras se desvanecen. Palabra que no es palabra, que solo número es, quizás contar quiera el calendario un poema, el último del vagabundo que entre tumbas habla al mundo, doce ánimas que custodian la leyenda de un Arturo sin más corona que el recuerdo traicionado.

Doce fueron las túnicas y sandalias, doce en la última cena, quizás once más uno, quizás trece con la Magdalena. Santo grial, purga y muerte, sacrificio y amor en la noche sin luna que condenó a Judas. Doce absurdas uvas, atragantan sueños, entre decrepitas miradas de entrada y salida de año, como puerta giratoria del hotel de la calle Cuartel.

Doce campanadas, las doce y el zapato de cristal se hizo mil pedazos. Mundo convertido en calabaza, sin más príncipe que la sombra del maltrato que el alma encierra en la mazmorra de su patética lujuria, cien mil cenicientas piden que las doce dejen de ser doce y un minuto en la vida.

Doce, son las doce y sereno, cantó hace poco el fantasma de la calle Gaztambide, aquel que sonreía al joven que siempre al alba llegaba aunque a las doce ordenaba la madre su entrada en casa, que no era casa, dominio danza y arte, entre bofetada y carcajada, doce sueños arribaban en cocina de noche, entre libros y cigarros que fumaba de doce en doce.

Doce dice ser el medio día, doce la noche que no es media, sino manto de bellas estrellas. Doce veces la luna se marea alrededor de la Tierra, testigo mudo de sombras donde la vida florece sin pedir permiso al sol.
Doce besos, doce abrazos, doce multiplicado por doce, así réplica el carillón, mayordomo sin levita testigo de un poemario de palabras sin razón, atadas por la cordura que da la locura de amor.
Doce pasos entre la orilla y el mar, doce velas, las del más estupendo aniversario, entre niño e invisible, solo granos sin más barba que la del corsario de sueños, arrastrando la inocencia por la estúpida existencia.

Doce, la hora que el mundo espera, nadie sabe para qué, doce puertas, la última, la que se abre a las doce que las vidas incompletas, atravesando el día, el mes, el año, la eternidad, se preguntan quiénes son.

Doce pétalos de margarita vuelan entre sur y bahía, ajenos a las lágrimas del viejo marinero.

Entre las once y las doce, allí quedó atrapado el alma del trovador, con la luna llena, descuelga sus poemas por la ventana, dejando que doce alas, la leyenda de la docena, pose sus besos en el ensueño de su Julieta. Doce veces, amor, en doce vidas, tal vez. Doce meses que acaban para sumar un año, para restar suspiros y dar paz.

JMFP

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