LA PENULTIMA CENA………Jose Maria Fuentes-pila Estrada

Mansión de atardeceres, sombras que los árboles recogen cada mañana para dejar que el sol limpie las polvorientas estanterías repletas de libros a medio escribir.

Páginas que esperan con temblorosa emoción el sonido de la puerta por abrir. Silencio de medio día, algarabía de la noche, esa que despierta a las doce, con el pasear de candelabros encendidos por ninfas Mansión de atardeceres, sombras que los árboles recogen cada mañana para dejar que el sol limpie las polvorientas estanterías repletas de libros a medio escribir.

Páginas que esperan con temblorosa emoción el sonido de la puerta por abrir. Silencio de medio día, algarabía de la noche, esa que despierta a las doce, con el pasear de candelabros encendidos por ninfas apenas visibles entre cortinas de luz, luciérnagas disfrazadas de llamas que acomodan sus cuerpos en las velas inmaculadas.

Tintinear de copas, de cubertería de alpaca, aquella que quedo en la alacena después de vender la plata. Luna que asoma a la mesa de caoba, en la hora de la cena, saludos invisibles, puertas que las almas atraviesan con respeto, primero llaman, después pasan, mientras la cocina danza en manos de Vestigia, la eterna cocinera que los duendes pintan de gris sus iris tristes.

Doña Amelia, señora de las tierras que asoman por el ventanal al norte, preside la mesa con el repique del cuchillo en su copa de murano, la única que conserva, siempre sobre el lomo del piano. Su marido, consorte en ciernes, que murió hace cien años, defendiendo el honor de la familia en un duelo a pistolón, quedo muerto en el espigón, sin más dolor que tropezar como consecuencia del ron. Mal disparo el suyo que en la caída apunto a su barbilla saliente, saltándose todos los dientes antes de batir su mente. Sigue esnifando el rapé de su cajita de plata a la diestra de su esposa sin más efecto que el gesto, ese de alivio aparente luciendo su agujero en la boca.

La tía Prudencia, difuminada en la esquina, atenúa su sonrisa, recordando que en su histeria descubrió que el orgasmo era bálsamo de su síntoma, y que entre orgasmo y orgasmo, sucumbió en un latigazo de nadie sabe qué extraña presencia.

El agrio notario, siempre presente, el que firmó la sentencia de muerte de la fortuna pretérita, no ceja en sentarse a la mesa, ahora que no es cuerpo presente aunque la señora le observa indolente deseándole la vida para volver a acarrearle la muerte.

Los gemelos en la otra punta, con la nana Josefina, los tres risueños, pendientes de que empiece el pasa platos, a la espera del postre, aquel de nata y limón que sin hacer la digestión en un notable atracón, en el río dejo flotando sus sueños y algarabías, mientras la nana volaba por el bocal del olvido en la desesperada fortuna de morir en paz y amen.

Agotadora mansión cada noche de San Juan, la que en la casa celebra la pasión sin relato carnal. Y mientras la velada transcurre entre silencios y chanzas de fantasmales presencias, el rocío se cuela por la ventana abierta del más bello desván. Allí espera dormido el que habitante real esconde su espera y deseo, entre relato y relato. El joven de carne y hueso, el que allí se quedó, reconstruyendo la casa después del incendio fatal. Réplica de la primera, quizás más bella que la original, arquitecto de sueños, espera a su amada llegar

Solo al golpear la primavera los primeros aldabonazos al alma, el rocío se convierte en ella, desnuda sobre su cama. Allí, en el mar de sabanas, los besos tan reales son, que en el momento crucial, el de amantes sin fin, en el éxtasis de amor, la mansión su luz apaga, en un gemido de dos que uno son en un instante tan largo como la noche.

Y los espíritus por un momento se reencarnan y saludan, se despiden entre platos para regocijo de la cocina.

Y en la casa solo queda el sudor perlado y bello, ese que deja la marca, que no de sábana santa, sino del más bello relato ese que solo es de dos.

JMFP

A MALASAÑA EN EL DESPERTAR DE PRIMAVERA..

Son postales en los muros de las casas que sostienen las verbenas de recuerdos, los charcos de la lluvia entre pisadas urgentes. Fue la sangre hirviendo la que sacudió el yugo, la que enarboló el inocente coraje de Manuela Malasaña. Plaza de silencio, poesía dormida entre el pan, la frasca y el zapatero.
Tacones venidos de abajo, de donde la luna viste lunares, guitarrea el vejestorio, sintiendo codo con codo la existencia de ese barrio, que es plaza, orgullo y relato.
Maravillas fue bautizado, entre personas de ensueño, los vecinos que acristalan sus relatos en las calles. Maravillas entre abrazos, nacimientos y bodas de castiza alianza, velatorios de verdad en los pésames sinceros.
No fue monigote el tiempo, la cuchillada al francés que se creyó que Madrid era aldea de la de quitar y poner. Fue el redoble de dientes, la mirada del infante, la libertad en la sien, la que sacudió el retrato de vecinos que en bosque de armas grito al viento su devoción.
Botas negras, grises sombras, pero nada pudo secar la absenta que en los geranios hace crecer las canciones. Pórtico de ilusiones, melodías de emociones, historia que escribe el poeta que siempre pensó publicar, escribiendo a lomos del jaco, perdido en su afán de amar, sin más refugio que el alma regalado a la vecina.
Suenan campanas a muerto, rosario de brisa que fueron, quienes entre luz y escenario sintieron el edén de su retén. El de la guardiana de noche, velando las golondrinas, que avisan la primavera en el barrio de Malasaña. Allí luce el estanco, las escaleras de ayer, que a toro pasado sigue siendo memoria, la que a la gente le pone en pie.
Sonetos vagos de manos desnudas, esos que tanto afán tienen en la rima del verano, cuando las fuentes se ahogan del calor de los madriles. Manuela camina entre callejas, encendiendo las farolas de quienes siguen creyendo que ser libre es un derecho. Un anhelo, un suspiro, el ático en el que vivir allí donde sólo el cielo, saluda a los que se fueron.
JMFP

 

TEN DAYS…Como la vida misma.

Ten days, como si de una película se tratase, diez días, la vida en un puñado de horas, en un saco de minutos, en un cielo de segundos.

En el primer día nací, en el aprendí a llorar como forma de elevar las plegarias de deseos, esos primitivos que indican la inconsciencia del estar. Caca, culo, pedo, abrir y cerrar la boca, no querer cerrar los ojos entre voces que gordo llaman al infante sin definir.

El segundo día, por la infancia me colé, entre silencios y gritos, entre manos que abrazan, mimos y lealtades.

El tercero fue certero en la mudez de una garganta que se hacía adolescente. Esa que cubre las calles de reflejos opalescentes. Dibujos, monigotes de reprimidas pasiones, capitán trueno de legados, defensor de causas pérdidas, amigo de san judas.

Cuarto es el día de encuentro con el espejo que mira la mirada que no mira, entre faenas de hacer como que el mundo es feliz, entre lluvias torrenciales de pensamientos ancestrales. Ser o no ser, aunque lo importante era estar para seguir en ese luchar contra fantasmas y voces que todo lo ordenaba en una canción militar.

Quinto, día de vinos y rosas, borracheras de amistades, conocimientos abruptos, esfuerzos y longanizas, destino marcado a fuego que el perro se come contento mientras Quijote se lanza a la panza del molino.

Sexto, el día de los adultos, que por experiencia no falte, entre tener y perder, preocupaciones mundanas, las propias y ajenas construyen, los muros de nuestras prisiones. En las celdas acomoda el pecho la boca del niño, la rutina del vivir como éxito cansino por el hecho de sobrevivir.

Séptimo, el día del que decidió descansar, puestas las fichas en juego, ya por los valles caminan las animas de los recuerdos. Nostalgias y melancolías de quienes no ven futuro, salvo en la estrella de oriente que miran en el cielo oscuro. Encuentra en amor de rondón, así, como de sopetón, respira y grita de júbilo, entre cortinas de sueños renovados entre mares de luminosa presencia.

Octavo el día que ya no es el del señor, ni el de los señores de pro. El silencio calma el ansia de recorrer los caminos para buscar la mirada. La conciencia de existencia que sigue afirmando presencia. La del blanco cabello que atina a presumir de legados, de mitos y canta cuentos.

Noveno, día de viejos retales, de paseos entre cipreses. Esos que esperan pacientes, porque susurran curiosos al pisar sobre las huellas.

Y así la vida se cansa de los diez días tan largos, como eternos predicamentos que hacen bueno el sarmiento. Sobre la tumba de piedra, duerme una rosa marchita, acomodada en la esquina de la lápida musgosa.

Ten days, solo dice, nadie sabe qué significa. Tan solo el sol llora un rato al bostezar en el monte ocaso.

Vida de días, horas, minutos, segundos, concentrada queda la historia del salta días de vida, ese que no cuenta historias, que las vive sin prisión.

JMFP